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    Mundial de Rugby

    All Blacks: con la fuerza de su espíritu

    Nueva Zelanda se consagró campeón del mundo por segunda vez en su historia. Lo consiguió tras una muy dura final en la que se impuso por ajustado margen ante Francia (8-7) y desató la euforia de un país que necesitaba una inyección de alegría luego de haber sufrido dos catástrofes naturales en menos de un año.

    El hecho de haber podido concretar el anhelo de cada uno de los 4 millones de habitantes de la tierra de los Hombres de Negro resultó un brillante cierre para un evento que se construyó con todo lo necesario pero, además, con un espíritu único.

    En una tierra donde se respira rugby a cada metro, la realización de un Mundial fue planeada y realizada con el mayor entusiasmo y compromiso por parte de la organización pero, también, con la enorme colaboración del pueblo local.

    Aún así, la adversidad que tuvo que superar en la previa tras sufrir dos terremotos (en un momento se evaluó mudar el Mundial de país) fue tan grande como su fuerza para que todos los detalles estuvieran cubiertos.

    En este sentido, tanto el país como el seleccionado de Nueva Zelanda tienen puntos de contacto muy fuertes. La capitalización de este campeonato, por parte del equipo de Graham Henry, está directamente ligada a la forma de sentir y vivir que tiene el pueblo kiwi.

    A pesar de su poderío y favoritismo para quedarse con la copa, los All Blacks no tuvieron todo a favor. La presión por salir campeones del mundo fue uno de los peores rivales con el que tuvo que lidiar. Por otro lado, las lesiones también hicieron mella en su andamiaje de juego ya que Dan Carter, el mejor jugador del mundo y con todo lo que significa para su equipo, quedó al margen en la fase de grupos.

    En tanto, su reemplazante Colin Slade no duró ni un tiempo en cancha contra Los Pumas por los cuartos de final en un puesto (apertura) que representa, nada menos que, la generación de juego y estrategia dentro de la cancha.

    Por eso mismo, la necesidad de adaptación a las circunstancias y el hecho de transformar la adversidad en un elemento favorable fueron factores determinantes para que el seleccionado neocelandés pueda afirmar que, por segunda vez en su historia, es el mejor equipo del mundo con un trofeo que lo certifique.


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