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    El miedo a ganar de River

    Una eliminación por penales con un equipo suplente en una competencia que nunca consideró una prioridad no debería provocar mayor escozor en River. Pero ocurre lo contrario porque desde hace mucho tiempo el club de Núñez es muy susceptible a las inseguridades, que encima por estas horas se contraponen con las certezas con que se mueve Boca. La comparación, siempre inevitable y razón de ser de la rivalidad, arroja los resultados más desventajosos que pudo haber soportado River en toda la historia.

    Cualquier temblor puede tener consecuencias sísmicas en River. La decepción en Salta frente a Racing adquiere mayor connotación porque forma parte de un contexto más penoso. River no disputa una final desde la que perdió con Cienciano por la Copa Sudamericana de 2003. Aquella vez, con una formación un tanto diezmada por las ausencias, no le alcanzó con el viaje relámpago de Mascherano desde el Mundial Sub 20 de Emiratos Árabes Unidos para que llegara unas horas antes de la definición en Perú. No se estaría muy desacertado en fijar esa fecha de 2003 como la del comienzo de una sostenida decadencia, tanto institucional como deportiva. Pasó casi una década en la que los títulos locales de 2004 y 2008 no significaron ningún resurgimiento, sino una pausa en la debacle que quedó patentizada con el descenso de hace menos de un año. Lejos de las finales, River falló en la más trascendente que disputó en este siglo, la de la Promoción contra Belgrano.

    Si bien se puede minimizar el costo deportivo de quedar fuera de la Copa Argentina, la eliminación es inoportuna en otro aspecto intangible, porque puede resentir la confianza, que a River no le sobra desde hace rato. Y el golpe no lo sufrió en un momento cualquiera, sino cuando tiene por delante las tres fechas en las que debe conseguir un ascenso directo que está en la cuerda floja, como en gran parte de su campaña en la B Nacional.

    Presionado por las circunstancias, River no disfruta de nada. Sufre por casi todo. Y el sufrimiento está muy asociado al miedo. Cumple con la ley de Murphy, aquella de que "todo lo que puede ir mal, saldrá mal". Su grandeza está tan licuada que tiene miedo a ganar. El sentimiento de culpa por el descenso es una carga pesada, de la que pocas veces se pudo liberar en el ascenso.

    En los resultados cortos y partidos cerrados se siente incómodo. De los 11 partidos en que estuvo en desventaja en el marcador en la B Nacional, sólo pudo revertir tres en triunfos (Independiente Rivadavia, Huracán y Atlético Tucumán), en cuatro arañó el empate y en otros cuatro no evitó la derrota. Le cuesta creer en sus posibilidades, aumentar la autoestima que le quite el miedo a ganar. Tiempo no le sobra.

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